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TESTIMONIOS

 

 

 

 

Pensó en abortar a su hija con síndrome de Down y ahora corre maratones con ella (ver)

El caso de una soldado americana en Irak (ver)

El caso de la madre de Ramoncito (ver)

Testimonio de Liliana: madre a los 13 años por una violación (ver)

Falso diagnóstico de malformaciones (ver)  

Diario de una chica con Síndrome de Down (ver)

Testimonio de la madre de un niño "Down" (ver)

Presión social para abortar en España (ver)

Madre coraje de un niño anencefálico (ver)

Testimonio de Yolanda de presiones para abortar (ver)

Testimonio de un médico abortista (en ejercicio) (ver)

Testimonio de una diputada (ver)

Testimonio de un obispo (ver)

Famosos que se salvaron del aborto (ver)

Testimonio de Gloria Polo (desde más allá de la muerte) (ver)

Testimonio de un padre feliz:

Mi apoyo incondicional a todas las madres que deciden tener a su hijo, el cual es un ser humano y por supuesto ser vivo desde un primer momento.

Hace unos días escuchando la radio de mi coche se me pusieron los pelos como escarpias al escuchar un relato de una mujer que en su parto le salió el hijo deficiente, fue en la tarde con Cristina. Puedo asegurar que me cayeron dos lagrimas como dos puños al escuchar aquello. Por dos motivos, uno de ellos porque tengo un tío con 55 años que tiene el síndrome de down y he convivido con él desde que tengo uso de razón, y él sin darse cuenta nos ha enseñado muchas cosas, sobre todo lo que es el amor verdadero y el beso más sincero. Y el otro motivo que me lleva hasta aquí es que tengo una hija de 4 años que es mi princesa, mi vida, mi felicidad, mis ganas de vivir, mis ganas de reír, mi ilusión, y todo lo que al amor se refiera.

En la actualidad tengo 29 años y fui padre con 25, al principio me opuse a mi pareja a que tuviera a mi hija, mi actual mujer me dijo que no, que ella seguía adelante conmigo ó sin mi, a mi me costó asumirlo pero le dije que tenia mi apoyo y que iba a estar con ella. Hoy por hoy creo que fue la decisión más acertada que tomo mi mujer, y la mía por apoyarle y estar a su lado.

La verdad es que yo por mi relación no apostaba nada, pero con amor e ilusión sacamos la pareja a flote. Hoy hace 2 años que nos casamos y somos una familia de lo más feliz.

Cuando mi hija me dice ¡¡te quiero papá! doy gracias a mi mujer y a Dios de haber hecho de mi un padre orgulloso.

Mujeres, no dudéis en tener vuestro hijo, es una parte de vosotras, es una vida de vuestra propia vida.

Un saludo. Cesar

Fuente: www.mujerescontraelaborto.com

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Testimonio de Rocío

Para que sepan cómo fue la historia y dejen de hablar mierda"
Foro de www.enfemenino.com -
Enviado 28 marzo 2008 a 19:46

Por lo visto el que yo contara lo que le pasó a mi hermana dio lugar a que ustedes empezaran a hablar al pedo sin saber cómo fue realmente la historia en realidad.

Yo tenía 23 años y ella 16, y me confesó que estaba embarazada, que estaba sola y que tenía mucho miedo, yo le dije que no se preocupara, y ella decía que nuestros padres se iban a poner furiosos y que tenía miedo de que la echaran de casa, y yo le dije que nuestros padres serían incapaces de hacer una cosa así, y que si en una de esas se atrevían a echarla, yo me iba con ella y le prometí que ni a ella ni a mi sobrino le iba a pasar nada, y que la iba a ayudar a hablar con nuestros padres.

Ahí parecía que se había tranquilizado, aunque todavía no habíamos encontrado el momento para decírselo a la familia . Pero a los pocos días, una tarde que llego de la facultad la encuentro tirada en la cama y sangrando. Cuando vi la caja de pastillas abierta en la mesa de luz me di cuenta de qué estaba pasando y la llevé de urgencia al hospital (estábamos solas en casa, mis padres no supieron en ese momento lo que pasaba). Más tarde, en casa, le pregunté por qué lo había hecho (no a modo de reproche, antes de que empiecen a decir cualquier cosa) y me contó todo: que le habían taladrado la cabeza con que no era un bebé, que el aborto no es un asesinato, que si tenía al bebé se iba a arruinar la vida y nos la iba a arruinar a todos, que no podía tener un hijo a esa edad, que era una egoísta por querer traer un hijo al mundo para que después nos tuviéramos que hacer cargo nuestros padres o yo.

Mi hermana lloraba, estaba destruída, decía que era una mala persona, yo la abracé y le dije que no, que no era ninguna mala persona, porque no lo había hecho por maldad ni por egoísmo, sino por malas influencias que le llenaron la cabeza, que esas eran las malas personas y no ella, me hizo prometerle que no diría nada a nuestros padres y yo no sabía qué hacer porque cada día estaba peor. Cuando salíamos a alguna parte, veía una embarazada y lloraba, veía un bebé y lloraba, esas crisis eran realmente terribles y fue empeorando, se la pasaba encerrada en su cuarto y tirada en la cama, no quería salir, no quería comer, no quería ir al colegio, había perdido absolutamente las ganas de vivir. Intenté convencerla de que hiciera terapia pero ella a cada momento decía que lo único que quería era morirse, que era una mierda, que no merecía vivir, le decía que eso no era verdad y no me quería escuchar, yo no sabía qué hacer, pensaba en decirle a nuestros padres la verdad, para que así ellos trataran de ayudarla, pero por otro me daba miedo porque si mis padres se enteraban de que mi hermana abortó, se enojarían mucho y eso la hundiría más y sería peor. Trataba de convencerla de salir, de ir al colegio, de hacer cosas, de tomar terapia pero todo fue en vano, y un día que nos levantamos a la mañana, el baño estaba cerrado con llave. Golpeamos la puerta del baño, llamábamos a mi hermana, no respondía. Mi papá fue a buscar las copias de las llaves, entramos y encontramos a mi hermana muerta. Fue muy fuerte, es algo de lo que todavía no logramos reponernos. Cuando la estábamos velando, les conté la verdad a mis padres y ellos se lamentaban, decían que por qué Ana no había confiado en nosotros, que por qué no había hablado con ellos antes, yo me sentí culpable por no haberles dicho la verdad antes a mis padres y por no haber sabido cuidar a mi hermana de las malas influencias que la llevaron a ese aborto y a esa depresión.

Hoy, después de casi 2 años, mal que mal aprendimos a vivir con eso pero no lo vamos a poder superar nunca, porque esa mierda que se llama aborto no sólo mató a mi sobrino, sino que también destruyó a mi hermana y nos arruinó la vida a mí y a mis padres.
Para que vean, a mi hermana nadie la llamó asesina. Nunca. Por lo menos en nuestra casa. De lo único que puedo sentirme yo culpable es de no haber hablado con mis padres a tiempo y de no haber cuidado más a mi hermana de los que la llevaron a esto.
Así que ahora, si van a hablar de mi hermana, háganlo sabiendo bien cómo fue todo y no conjeturando, ok?

Rocío

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Dos mujeres ante la Trisomía 18

MADRID, 12 DE DICIEMBRE DE 2008.- La asociación Trisomía 13, Trisomía 18 y Otras Malformaciones Genéticas ha cedido a Derecho a Vivir (DAV) los testimonios de dos mujeres que han pasado por la encrucijada del aborto.  Elisa y Begoña conocieron, mediante las técnicas de diagóstico prenatal, que sus hijos padecían Trisomía 18, malformación con un alto riesgo de mortalidad durante el primer año desde el nacimiento. Han escrito sobre su experiencia con el fin de ayudar a que se conozca con precisión el drama personal que hay detrás de cada aborto.

  • Elisa: "Sé que me pase lo que me pase en esta vida, no habrá nada que me pueda doler tanto. Sin duda alguna, el aborto es algo muy traumático para el cuerpo, pero sobre todo para la mente"
  • Begoña: "Los médicos tuvieron que reanimarle nada más nacer. A partir de ahí, vivió apenas 2 meses. Lamentablemente no pudimos llevarle a casa con nosotros. Sin embargo, podíamos estar con él en el hospital donde estuvo magníficamente cuidado con toda clase de mimos y atenciones. Pudimos cogerle y abrazar su cuerpo diminuto. Dejarnos llevar por su paz, por su enseñanza de lucha por la vida; entendimos el valor del momento presente y la futilidad de los planes, entendimos el verdadero sentido de ser padres, del amor incondicional"

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Salvamento en la peluquería (ver)

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Carta de un padre a su hijo abortado

Querido hijo:

Al empezar a escribir estas líneas me asaltan las lágrimas, y también la alegría de hablar contigo. Por fin. Hace doce años. ¿Recuerdas?. Yo he estado intentando olvidar, intentando apartarte de mí, de mi vida. Sin saber que, para ello, tenía que adormecer, que anestesiar, que matar en definitiva, una parte de mí. La parte más bonita de un ser humano: la parte de nosotros que ama, que se emociona, que se ríe, que se alegra, que ve el futuro con esperanza y optimismo. Esa parte de mí quedó cubierta por una especie de nube negra el día que me faltaste y decidí que “mejor no hablar de ello y tirar para adelante”.

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"Yo quise abortar por mi situación"

Carta al Director. 28-01-08.- Tengo 25 años y, después de un camino largo, me di cuenta de que estaba embarazada. Fue un embarazo inesperado, y un test me lo confirmó. Yo quise abortar. ¿No querría yo a mi niño? Claro que sí, como todas las madres; pero yo tenía apuros y decía: "no lo voy a guardar", "no lo quiero", "no necesito un niño".

Yo estaba trabajando pero mi marido no, y por esto no lo quería; no teníamos una situación buena, teníamos una habitación en alquiler y después íbamos a quedarnos en la calle.

Una buena gente me abrió los ojos y por eso pensé y decidí guardarlo. Hemos alquilado un piso donde vivimos ahora. Fui para hacer los primeros análisis, las primeras ecografías y le oí el corazón. Me dio emociones. Ahora tengo una maravilla de niño. No puedo vivir sin él.

Soy feliz mirando a mi peque.

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Arrepentida tras dos abortos, quiere llevar flores a sus hijos

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"Fui violada y quedé embarazada a los 16..., pero amo a mi bebé"

El periódico Daily Mail recogió el impactante testimonio de Elizabeth Cameron, una joven de 19 años que resultó embrazada tras una salvaje violación, pese a las presiones de su entorno decidió tener a su bebé y hoy asegura que nunca se arrepentirá de haber optado por la vida de su hija.

ño. Me arrepiento por lo malo que estaba pensando de matar una vida. Le estoy mirando y no lo puedo creer. Mi niño es un regalo de Dios.

Fuente: Forum Libertas.com y Diario Metro - 28-01-08  LONDRES, 21 Ago. 08 (ACI).- En diciembre de 2005, Elizabeth tenía 16 años de edad, era una chica estudiosa y tímida. Una noche después de clases mientras esperaba que su madre la recogiera de su centro estudios, tres encapuchados la metieron en una camioneta por la fuerza y la violaron. Nunca pudo reconocerlos.

        Cuando supo que estaba embarazada, el sufrimiento aumentó. "Todo el mundo, salvo mi mamá, decía que debía tener un aborto. Mi papá incluso concertó una cita en la clínica, ahí trataron de convencerme de que era sólo una masa de células y que todo sería muy rápido", recuerda Elizabeth.

        "En la escuela, mis amigos –la mayoría de los cuales no sabía de la violación– no podían entender por qué alguien de mi edad querría tener un bebé en vez de un aborto. Y los pocos a los que conté lo sucedido se horrorizaban más al saber que pretendía tener al bebé. Pero yo lo hice. Y no me arrepiento ni por un momento", asegura la joven.

        "Cada vez que miro a Phoebe, sé que tomé la decisión correcta. Nunca quise poner fin a la vida de mi bebé sólo por la forma en que fue concebida", indicó.

        Según el reportaje del Daily Mail, Elizabeth alguna vez compartió la idea de que dar a luz al hijo de un violador es impensable, pero desde que vio a su bebé en el primer ultrasonido sintió mucha ternura.

   "Me sorprende lo fácil que surgió el amor por mi hija mientras crecía dentro de mí, pero debo admitir que temía que mis sentimientos cambiaran cuando la viera por primera vez", recuerda la joven.

        Elizabeth sostiene que durante el embarazo tuvo muchas pesadillas sobre el ataque y pensaba que al tener al bebé recordaría más la violación. "Pero ella no me recordó esa noche y al tenerla supe que estar con ella era más importante que lo que había ocurrido", sostiene.

        "No pude considerar entregarla en adopción. Mi madre fue abandonada de bebé en una estación de trenes de Londres y eso la afectó mucho. Crecí rechazando que alguien pudiera abandonar a un niño inocente", agregó.

 La madre de Elizabeth apoya en todo a su hija. "La gente puede pensar que no es posible amar a un niño concebido de esa forma, pero créanme, la amo más justamente por eso", sostiene la abuela.

        Elizabeth agrega: "Nunca he culpado a Phoebe por lo ocurrido. Aunque lo ocurrido fue aterrador, saber que iba a ser madre me ayudó a concentrarme en otra cosa. Supuse que debía tratar de ver más allá de lo ocurrido, y ver la vida que se había creado".

        Phoebe tiene casi dos años y a Elizabeth le costó mucho reconciliarse con su padre por intentar hacerla abortar. "Ahora él la ama y eso es lo importante. Sé que necesita una figura paterna en su vida", asegura Elizabeth.

        Elizabeth se prepara para el momento en que su hija crezca y le pregunte por su padre: "Si debo hacerlo, le diré que ella fue lo bueno que surgió de algo malo. Y le diré que nunca me arrepentí de tenerla y que no estaría lejos de ella por nada del mundo".

Otro testimonio de embarazo por violación (Chile)

Esta es la transcripción del testimonio de una joven de 17 años, que fue violada a los 13, prestada ayer en el juicio público contra el violador. Quise respetar lo más posible la integridad de las palabras, así que espero disculpen los chilenismos. (ver Infocatólica).

El psicólogo me preguntó qué me pasaba… como un problema de acostumbramiento, que extrañaba mucho a mis papás, pero después de unas consultas… porque él determinó que era necesario que siguiera asistiendo, que no era normal mi comportamiento, que era demasiado extraño. Un día me pilló volando bajo, yo no tenía aceptado mi embarazo, nada. Y me preguntó “¿D. qué te pasa?” y yo le dije “pasa que tengo 6 meses de retraso y estoy embarazada". Tenía 14 años en ese entonces, y fue como ¡Uff!. Me llevó a una farmacia, me compró un test, me explicó su eficacia, como hacerlo. Yo era como muy niña, muy inocente, entonces, cuando me hice el test vi una rayita bien marcada y la otra no tanto, entonces yo me alegré y le dije “me salvé, no estoy embarazada", y él me dijo “D., lo siento, pero esto es positivo".

Ese día fue cuando me di cuenta de mi realidad y la vine a aceptar, porque durante todos los antiguos meses me levantaba en la mañana sintiendo me culpable, pensando que todo era mi culpa, que todo lo había hecho mal y que era una irresponsable, una mala hija, pero ahí fue como “acéptalo". Yo en la mañana me levantaba a bañarme en el internado, y yo estaba muy delgada, y veía como una ligera pancita se iba asomando en mi vientre, chiquitita, y yo decía “estoy embarazada", y después me decía a mí misma “No, no puedes estar embarazada, tú nunca has tomado un bebé en brazos, no tienes idea de lo que significa, no"… y me creía que no estaba embarazada.

Me costó mucho aceptarlo, mucho, mucho. Después de que les conté a mis papás que estaba embarazada (se los tuve que contar con la ayuda de mi psicólogo porque sola no hubiese sido capaz) me llevaron al tiro al ginecólogo.

Y esta es la parte bonita, porque yo pensaba que en mi vientre estaba creciendo algo malo, fruto de una maldad, como que parte de uno de ellos se estaba extendiendo por mi cuerpo, se estaba radicando en mí. No me daba cuenta, no lograba ver que eso que yo sentía que era malo era un bebé. Me llevaron al ginecólogo, y no me quería atender ningún doctor porque era muy chica, y eso que fuimos a una clínica privada. Hubo un solo doctor que me quiso atender y me hizo una ecografía, y fue maravilloso porque vi a mi guagüita de perfil, estaba formadita y me hacía así, me abría la boquita y movía las manitos.

Yo les juro que sentí que me decía “Mamita estoy aquí, estoy viva, soy tu hija, no merezco pasar… necesito vivir". Fue como que ahí saqué la fuerza y me di cuenta que iba a ser una mamá, que iba a ser fuerte, y que iba a lograr salir adelante, porque no era… algo malo lo que tenía ahí, era una bebé el que estaba creciendo y era un regalo. Porque sufrí mucho, mucho, yo creo que nadie se imagina cuánto lloré, cuánto sufrí, cuántas cosas estúpidas se me pasaron por la cabeza, pero ese día cuando vi a mi hija y me di cuenta de que tenía una niñita, fue cuando me di cuenta que tenía mi recompensa, y esa era ella, era la razón que iba a tener para salir adelante.

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Testimonio de la hija de una mujer violada y dada en adopción

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Testimonio de Pilar (presidenta de Unidos por la Vida)

Una triste mañana de diciembre, una niña abatida esperaba el autobús en una calle de San Francisco. Tenía 24 años. Soltera. Acababa de perder su disfraz de mujer. Había pedido hora para abortar.

El juego había durado ya demasiado tiempo y, al fin, inevitablemente, había dado su fruto... un hijo.

Había sido en verdad un tiempo de vida, de libertad, de valor, de alegría, de amor, de juego... de jugar a mujer. Y de pronto se había tornado en tiempo de muerte, de esclavitud, de cobardía, de pesadumbre, de desamor... ¡de responsabilidad! La magia se había disipado de repente por arte de una sola palabra: “estás embarazada”.

“Esto va a dejar huella... ya no hay vuelta atrás... nada volverá a ser como antes... ya no puedo disimular más...

                              ¡tengo que dar la cara!

¡Terror!... Sudor frío... ¡No puede ser!

Fantasías de aborto espontáneo, de “error de diagnóstico”. Angustia. Oleadas de negras premoniciones. Terror y más terror. La vida de hizo de pronto muerte total.

     Vende todo... deja todo... vete... ¿a dónde? ¿con quién? ¿cómo?............ ¡Sola!

     El no está... dio marcha atrás. “No conviene ahora”, dijo al partir. Los amigos: “¡Qué dirán tus padres! ¿De qué vivirás? Si no es más que un quiste, quítatelo.”

¡Dios mío! No puede ser verdad. Debe ser un mal sueño. ¿¿Yo tener un hijo?? ¡Si no me puedo tener ni a mí misma! No puede ser. ¡Esa persona embarazada no puede ser yo! No sé quien es esa persona... ¿cómo se atreve?.......... ¡NO!

No cabe en mí esa persona... no es parte de mí... es una enfermedad. ¡Debo eliminarla!

Médicos, explicaciones, métodos.... algas, ácido... “no es doloroso... un momento y se acabó”.

     ... ¡se acabó!              Pero... ¿¿qué se acabó??

En ese momento (gracias, autobús, por tardar tanto), en esa mañana gris, 24 horas antes del plazo, ese nuevo ser murió... en mi mente. El Arquero disparó la flecha de mi imaginación y se clavó en el blanco -no tan lejano- de mi futura realidad. Fui en un instante y estuve allí... en el destino que tenía preparado para ese ser que empezaba a vivir. Lo hice y lo vi. Lo viví. Todo entero, en ese momento, esperando el autobús.

Lágrimas empezaron a manar por mi rostro. Lágrimas y más lágrimas. Congoja terrible... ¡Lo había matado!

     ¡Me había matado!

No creo que haya homicida que, en el momento de ver su obra, no tenga esa vivencia fugaz: ¡¡Me he matado!!

Toda la vida que durante años y años de esfuerzo pugnaba por ser... todo el valor y la fuerza que me llamaban a gritos desde la distancia, siempre inalcanzables. Toda mi verdad que anhelaba ansiosamente quitarse el velo... todo se había hecho carne y... ¡lo había aniquilado!

¡Dios! ¡No podía hacerlo! ¡Esa vida era la respuesta a mis deseos! El premio al ganador, el título de “vividora”, de “amadora”... ¡era lo que yo quería!... Y lo que había querido toda la vida: dar la cara... ser verdad... ser valor.... ¡SER!

¡Qué instante de luz separa la muerte de la resurrección! La semilla de esclavitud se convirtió en fruto sabroso de libertad. Y esa niña perdida y desesperada resucitó en mujer... mujer digna de dar vida... ¡capaz de dar vida!

Una vida que mañana, 12 años después, he de despertar para ir al colegio. Una vida que me ha dado TODO lo que siempre desee y nadie más me pudo dar. Una vida por la que he sido padre y madre y todo lo necesario. Una vida que ha colmado todas mis medidas, desbordado todas mis previsiones, iluminado todos mis rincones. Una vida por la que yo he vuelto a nacer... ¡hasta con mi misma cara!

     Una vida, sangre de mi sangre, risa de mi risa, amor de mis amores.

     El Amor bajó a mí en ese cuerpecito sonriente y nunca más me dejó. Nos salvó de la muerte día a día, y nos dio la Vida desbordante que tiene reservada a los valientes.

     ¡Sé valiente!  

    ¡VIVE!... y deja vivir.

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Tras 20 años de insomnio, encontró la paz

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Testimonio de una gemela cuya hermana fue abortada (ver)

Testimonio de Esperanza Puente (ver)

Testimonio de Angeles (ver)

Testimonio de George W. Bush (ver)

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Somos una pareja joven, nos casamos hace poco más de dos años (2003) y ya tenemos un hijo en el cielo.

Nada más volver de la luna de miel nos enteramos de que estaba embarazada; nos llevamos una sorpresa enorme y una gran alegría, pero a los pocos meses, en una ecografía rutinaria, se vio que algo no iba bien. La ginecóloga, aunque no me quería decir nada, según me hacía la ecografía, lo decía todo con su actitud; me quitó el sonido del corazón del bebé y no hacía más que mirar la pantalla sin darme ninguna explicación, pese a mi insistencia. Pasado un interminable cuarto de hora, dictaminó: El niño está muy mal, te aconsejo que abortes . Parecía, y digo parecía, que el niño tenía un problema cromosómico importante y no tenía piernas, aunque, pasado un tiempo, se vio que no acertó ni una, pero en ese momento, cuando te lo dicen con la frialdad que me lo dijeron a mí, no entiendes que alguien así pueda ejercer una profesión en la que está tratando con mujeres embarazadas.

Esa misma tarde fuimos a que me hicieran una ecografía más detallada, y cambió el diagnóstico: Tiene un onfalocele gigante ; parece que al niño le faltaba la cubierta abdominal, y debido a eso tenía casi todos los órganos abdominales fuera. La médico nos comentó que estas cosas pasan , que es cuestión de azar y que nos había tocado. Nos insistió en que lo normal sería que el bebé no pasara del tercer mes de gestación y que, como no iba a poder vivir en el momento que naciera, lo mejor sería abortar. ¡Pero cómo íbamos a abortar, si durante esas interminables ecografías no parábamos de ver cómo se movía nuestro hijo! Le contestamos rápidamente que este niño llegaría hasta donde Dios quisiera.

Cambiamos de médico y encontramos a una persona excepcional, que nos trató con una delicadeza y un cariño que ya habíamos olvidado. Menos mal, ya que las visitas al ginecólogo se repitieron semanalmente, porque, como el niño estaba tan enfermo, se suponía que el corazón le fallaría en cualquier momento y habría que sacarlo . Me hicieron la amniocentesis, porque, como habían supuesto un problema cromosómico serio, nos habían aconsejado que, aunque hubiéramos decidido seguir adelante con el embarazo (lo cual les pareció un acto de irresponsabilidad), el resultado de la prueba podría evitar posibles problemas en embarazos posteriores, y, como ya empezaba a ser habitual, se equivocaron: el niño era cromosómicamente normal.

A todo esto, en el momento en que dije en la empresa que el niño estaba enfermo, como no sabían cuándo iban a poder contar conmigo, porque lo normal sería que no llegara hasta el final del embarazo, tardaron 15 días en echarme. Al incorporarme en otra empresa, ya había aprendido a callarme, porque otra cosa que hemos sacado en claro es que, en cuanto le confías a alguien que el niño está enfermo, todo el mundo opina , y claro, en estos momentos en que lo políticamente correcto es abortar, nadie consigue entender cómo vas a pasar por eso para nada , ese nada para nosotros se ha trasformado en un ángel mucho más grande que cualquier hijo normal

Otro trago por el que tuvimos que pasar fue el redactar un testamento vital para que, en el caso de que el niño no muriera al nacer, y si realmente alcanzaba una situación crítica irrecuperable, no se le mantuviera con vida por medio de tratamientos desproporcionados; que no se le aplicara la eutanasia activa ni se le prolongara abusiva e irracionalmente su proceso de muerte. Hecho que sorprendió nuevamente a los médicos, que no entendieron ni nuestra negativa al aborto ni al ensañamiento terapéutico.

Al final, llegué hasta las 29 semanas de gestación (casi siete meses), di a luz en La Paz , donde siempre estaré agradecida a todo el equipo médico que me atendió, ya que me encontré con unos grandes profesionales que me trataron con una gran delicadeza y humanidad. El pequeñajo murió nada más nacer, eso sí, bautizado, y -como no podía ser de otra manera- se llama Ángel. A nosotros nos ha hecho los padres más felices del mundo, porque, aunque esperamos que Dios nos envíe más hijos, como éste no habrá otro. De toda esta experiencia aprendimos que la Medicina no es una ciencia exacta. Me habían dicho que, como tenía muy poco líquido amniótico, nunca le podría sentir, y me daba unos golpes que me dejaban doblada. Otra lección que hemos aprendido es que no sabes cómo va a responder la gente que te rodea. Nuestros amigos más cercanos se desvivieron ante la situación, pero ha habido personas que nos han dejado de hablar por seguir adelante con el embarazo. Ahora la gente nos dice que lo llevamos muy bien. La verdad es que hemos tenido mucho tiempo para mentalizarnos, pero, aun así, estamos bien porque Ángel ha dejado de vivir cuando Dios ha querido, pero por lo que psicológicamente no habríamos podido pasar es por la otra solución, que mi hijo hubiera dejado de vivir porque yo, un buen día, lo hubiera decidido.

Autor: solidaridad.net- Fecha: 2007-08-09

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TESTIMONIO de la madre de una niña con Síndrome de Down

Soy una mujer de 43 años. A los 42 años me quedé embarazada de mi quinto hijo. El ginecólogo que me atendía pertenecía a la Seguridad Social. El embarazo se desarrollaba normalmente y yo me encontraba muy bien. Llegó entonces el momento de hacerme una amniocentesis, prueba preceptiva para todas las mujeres de mi edad que se quedan embarazadas.

Supe que algo no iba bien cuando, en vez de darme los resultados mi propio ginecólogo, tuve que acudir al hospital de la Seguridad Social que había hecho la prueba.

Cuando llegué al despacho del médico analista, me comunicaron que mi hijo iba a tener el Síndrome de Down y acto seguido me presentaron todos los papeles autorizando que se me practicara el aborto y ¡estaban todos ya preparados y rellenados! Sólo faltaba que estampase mi firma y habría pasado inmediatamente a una sala ya preparada para practicarme el aborto. No me dieron mucho tiempo para pensarlo, pero después de un momento de confusión, me salvó mi hondo instinto de madre y mi madurez. ¡Por Dios! La criatura que yo llevaba era mi hijo, vivía y me daba patadas. ¿¡Cómo iba a matarlo!?

Rechacé, por supuesto, la “invitación” a abortar y seguí adelante con mi embarazo. Tuve que cambiar de ginecólogo, porque el que me había tratado hasta entonces me consideraba una insensata, y me lo hizo saber así.

No recibí ayuda alguna de la Seguridad Social, salvo llevar mi embarazo a término, nada más. Tampoco me dieron ningún tipo de información sobre el Síndrome de Down ni formación para saber cómo cuidar de mi hijo cuando naciera. Todo lo que aprendí y toda la ayuda que tuve, la recibí de una estupenda organización privada que me abrió un mundo nuevo y me enseñó a no tener miedo de lo que iba a vivir a partir del momento en que naciera mi hijo.

Quiero recalcarles que soy ¡MUY FELIZ! Jamás me he arrepentido de haber tenido a mi hijo. Nos ha dado y nos está dando a toda nuestra familia un amor que nunca habíamos experimentado hasta ahora.

     (ver también en “LOS SUPUESTOS DESPENALIZADOS: MALFORMACIONES”)

Fuente: www.aciprensa.com/aborto/nathanson.htm

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Testimonio del Dr. Nathanson

¿Qué puede llevar a un poderoso y reconocido médico abortista a convertirse en un fuerte defensor de la vida y abrazar las enseñanzas de Jesucristo?

¿Pudo más el peso de su conciencia por la muerte de 60 mil no nacidos o quizás las muchas oraciones de todos aquellos que rogaron incansablemente por su conversión?

Según Bernard Nathanson, el popular "rey del aborto", su conversión al catolicismo resultaría inconcebible sin las plegarias que muchas personas elevaron a Dios pidiendo por él. "Estoy totalmente convencido de que sus oraciones fueron escuchadas por Él", indicó emocionado Nathanson el día en que el Arzobispo de Nueva York, el fallecido Cardenal O´Connor, lo bautizó".

Hijo de un prestigioso médico judío especializado en ginecología, el Dr. Joey Nathanson, a quien el ambiente escéptico y liberal de la universidad hizo abdicar de su fe, Nathanson creció en un hogar sin fe y sin amor, donde imperaba demasiada malicia, conflictos y odio.

Profesional y personalmente Bernard Nathanson siguió durante buena parte de su vida los pasos de su padre. Estudió medicina en la Universidad de McGill (Montreal), y en 1945 se enamoró de Ruth, una joven y guapa judía con quienes hicieron planes de matrimonio. La joven, sin embargo, quedó embarazada y cuando Bernard le escribió a su padre para consultarle la posibilidad de contraer matrimonio, éste le envió cinco billetes de 100 dólares junto con la recomendación de que eligiese entre abortar o ir a los Estados Unidos para casarse, poniendo en riesgo su brillante carrera como médico que le esperaba.

Bernard puso su carrera por delante y convenció a Ruth de que abortase. No la acompañó a la intervención abortiva y Ruth volvió sola a casa, en un taxi, con una fuerte hemorragia, estando a punto de perder la vida. Al recuperarse -casi milagrosamente- ambos terminaron su relación.
"Ese fue el primero de mis 75.000 encuentros con el aborto, me sirvió de excursión iniciadora al satánico mundo del aborto", confesó el Dr. Nathanson.

Luego de graduarse, Bernard inició su residencia en un hospital judío. Después pasó al Hospital de Mujeres de Nueva York donde sufrió personalmente la violencia del antisemitismo, y entró en contacto con el mundo del aborto clandestino. Para entonces ya había contraído matrimonio con una joven judía, tan superficial como él, según confesaría, con la cual permaneció unido cerca de cuatro años y medio. En esas circunstancias Nathanson conoció Larry Lader, un médico a quien sólo le obsesionaba la idea de conseguir que la ley permitiese el aborto libre y barato. Para ello fundó, en 1969, la "Liga de Acción Nacional por el Derecho al Aborto", una asociación que intentaba culpabilizar a la Iglesia de cada muerte que se producía en los abortos clandestinos.

Pero fue en 1971 cuando Nathanson se involucró directamente en la práctica de abortos. Las primeras clínicas abortistas de Nueva York comenzaban a explotar el negocio de la muerte programada, y en muchos casos su personal carecía de licencia del Estado o de garantías mínimas de seguridad. Tal fue el caso de la dirigida por el Dr. Harvey. Las autoridades estaban a punto de cerrar esta clínica cuando alguien sugirió que Nathanson podría ocuparse de su dirección y funcionamiento. Se daba la paradoja increíble de que, mientras estuvo al frente de aquella clínica, en aquel lugar existía también un servicio de ginecología y obstetricia: es decir, se atendían partos normales al mismo tiempo que se practicaban abortos.

Por otra parte, Nathanson desarrollaba una intensa actividad, dictando conferencias, celebrando encuentros con políticos y gobernantes de todo el país, presionándoles para lograr que fuese ampliada la ley del aborto.

"Estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía un hijo de pocos años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento amargamente esos años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi hijo crecer. También era un paria en la profesión médica. Se me conocía como el rey del aborto", afirmó.

Durante ese periódo, Nathanson realizó más de 60.000 abortos, pero a finales de 1972, agotado, dimitió de su cargo en la clínica.

"He abortado a los hijos no nacidos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores. Llegué incluso a abortar a mi propio hijo", lloró amargamente el médico, quien explicó que a la mitad de la década de los sesenta "dejó encinta a una mujer que lo quería mucho. (.) Ella quería seguir adelante con el embarazo pero él se negó. Puesto que yo era uno de los expertos en el tema, yo mismo realizaría el aborto, le expliqué. Y así lo hice", precisó.

Sin embargo, a partir de ese suceso las cosas empezaron a cambiar. Dejó la clínica abortista y pasó a ser jefe de obstetricia del Hospital de St. Luke´s. La nueva tecnología, el ultrasonido, hacía su aparición en el ámbito médico. El día en que Nathanson pudo observar el corazón del feto en los monitores electrónicos, comenzó a plantearse por vez primera "qué era lo que estábamos haciendo verdaderamente en la clínica".

Decidió reconocer su error. En la revista médica The New England Journal of Medicine, escribió un artículo sobre su experiencia con los ultrasonidos, reconociendo que en el feto existía vida humana. Incluía declaraciones como la siguiente: "el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad es el más craso tipo de evasión moral".

Aquel artículo provocó una fuerte reacción. Nathanson y su familia recibieron incluso amenazas de muerte, pero la evidencia de que no podía continuar practicando abortos se impuso. Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar: el aborto es un crimen.

Poco tiempo después, un nuevo experimento con los ultrasonidos sirvió de material para un documental que llenó de admiración y horror al mundo. Se titulaba "El grito silencioso", y sucedió en 1984 cuando Nathanson le pidió a un amigo suyo -que practicaba quince o quizás veinte abortos al día- que colocase un aparato de ultrasonidos sobre la madre, grabando la intervención.

"Lo hizo -explica Nathanso- y, cuando vio las cintas conmigo, quedó tan afectado que ya nunca más volvió a realizar un aborto. Las cintas eran asombrosas, aunque no de muy buena calidad. Seleccioné la mejor y empecé a proyectarla en mis encuentros provida por todo el país".

Regreso del hijo pródigo

Nathanson había abandonado su antigua profesión de "carnicero humano" pero aún quedaba pendiente el camino de vuelta a Dios. Una primera ayuda le vino de su admirado profesor universitario, el psiquiatra Karl Stern. "Transmitía una serenidad y una seguridad indefinibles. Entonces yo no sabía que en 1943, tras largos años de meditación, lectura y estudio, se había convertido al catolicismo. Stern poseía un secreto que yo había buscado durante toda mi vida: el secreto de la paz de Cristo".

El movimiento provida le había proporcionado el primer testimonio vivo de la fe y el amor de Dios. En 1989 asistió a una acción de Operación Rescate en los alrededores de una clínica. El ambiente de los que allí se manifestaban pacíficamente en favor de la vida de los aún no nacidos le había conmovido: estaban serenos, contentos, cantaban, rezaban. Los mismos medios de comunicación que cubrían el suceso y los policías que vigilaban, estaban asombrados de la actitud de esas personas. Nathanson quedó afectado "y, por primera vez en toda mi vida de adulto empecé a considerar seriamente la noción de Dios, un Dios que había permitido que anduviera por todos los proverbiales circuitos del infierno, para enseñarme el camino de la redención y la misericordia a través de su gracia".

"Durante diez años, pasé por un periodo de transición. Sentí que el peso de mis abortos se hacía más gravoso y persistente pues me despertaba cada día a las cuatro o cinco de la mañana, mirando a la oscuridad y esperando (pero sin rezar todavía) que se encendiera un mensaje declarándome inocente frente a un jurado invisible", señala Nathanson.

Pronto, el médico acaba leyendo "Las Confesiones", de San Agustín, libro que calificó como "alimento de primera necesidad", convirtiendose en su libro más leído ya que San Agustín "hablaba del modo más completo de mi tormento existencial; pero yo no tenía una Santa Mónica que me enseñara el camino y estaba acosado por una negra desesperación que no remitía".

En esa situación no faltó la tentación del suicidio, pero, por fortuna, decidió buscar una solución distinta. Los remedios intentados fallaban: alcohol, tranquilizantes, libros de autoestima, consejeros, hasta llegar incluso al psicoanálisis, donde permaneció por cuatro años.

El espíritu que animaba aquella manifestación provida enderezó su búsqueda. Empezó a conversar periódicamente con el Padre John McCloskey; no le resultaba fácil creer, pero lo contrario, permanecer en el agnosticismo, llevaba al abismo. Progresivamente se descubría a sí mismo acompañado de alguien a quien importaban cada uno de los segundos de su existencia. "Ya no estoy solo. Mi destino ha sido dar vueltas por el mundo a la búsqueda de ese Uno sin el cual estoy condenado, pero al que ahora me agarro desesperadamente, intentando no soltarme del borde de su manto".

Finalmente, el 9 de diciembre de 1996, a las 7.30 de un lunes, solemnidad de la Inmaculada Concepción, en la cripta de la Catedral de S. Patricio de Nueva York, el Dr. Nathanson se convertía en hijo de Dios. Entraba a formar parte del Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia. El Cardenal John O´Connor le administró los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

Un testigo expresa así ese momento: "Esta semana experimenté con una evidencia poderosa y fresca que el Salvador que nació hace 2.000 años en un establo continúa transformando el mundo. El pasado lunes fui invitado a un Bautismo. (...) Observé como Nathanson caminaba hacia el altar. ¡Qué momento! Al igual que en el primer siglo... un judío converso caminando en las catacumbas para encontrar a Cristo. Y su madrina era Joan Andrews. Las ironías abundan. Joan es una de las más sobresalientes y conocidas defensoras del movimiento provida... La escena me quemaba por dentro, porque justo encima del Cardenal O´Connor había una Cruz. Miré hacia la Cruz y me di cuenta de nuevo que lo que el Evangelio enseña es la verdad: la victoria está en Cristo".

Las palabras de Bernard Nathanson al final de la ceremonia, fueron escuetas y directas. "No puedo decir lo agradecido que estoy ni la deuda tan impagable que tengo con todos aquellos que han rezado por mí durante todos los años en los que me proclamaba públicamente ateo. Han rezado tozuda y amorosamente por mí. Estoy totalmente convencido de que sus oraciones han sido escuchadas. Lograron lágrimas para mis ojos".

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TESTIMONIO de un milagro

  ¡Qué alegría! No os podéis imaginar qué alegría sentimos de saber que un niño venía de camino. Llevábamos sólo unos meses casados y mi mujer ya estaba encinta. No nos importaba no tener una casa grande, ni empleo estable. Nuestro amor lo habíamos puesto al servicio de Dios y Él nos daba este regalo. En secreto consagré este niño al Señor. “Este niño nuestro es tuyo Señor”, y constantemente le dábamos gracias.

Y llegó el momento de la primera ecografía. Fue el 19 de octubre. Estábamos exultantes. ¡Por fin íbamos a ver a nuestros hijo!. Se pone en marcha el ecógrafo... Y ahí estaba, flotando en el vientre de su madre, con sus bracitos, sus piececitos, su cabecita... “Bueno - dice la doctora - tiene pliegue bucal positivo y alto. ¿Has pensado hacerte una amniocentesis?” “No”, responde mi mujer, “si no es necesario no queremos hacerla por los riesgos que conlleva para el niño.”

“Pues yo te recomiendo que te la hagas porque este niño viene con síndrome de Down o alguna otra anomalía cromosómica y cuanto antes lo sepa, antes podrás decidir, que aún estáis a tiempo.”

“¿Nos está hablando de abortar?”. Os podéis imaginar cómo nos sentíamos. Todo nos daba vueltas, iba demasiado deprisa. Hacía sólo unos momentos estábamos llenos de gozo y ahora nos hablaban de problemas. Nos pasaron inmediatamente con otra doctora que nos explicó en lo que consistía la prueba, los riesgos que tenía, etc.

Pasamos con una tercera doctora que le practicó a mi mujer un “screening”, prueba determinante para conocer el Síndrome de Down. Dio positivo. Enseguida nos habló de “interrumpir voluntariamente este embarazo...” A estas alturas del día, nuestro dolor y aturdimiento eran enormes. Al llegar a casa cogí los Evangelios, le pedí a Dios una palabra en la que me explicase qué estaba ocurriendo. Y me dijo: “El Señor lo necesita...” Fui a donde estaba mi mujer y le dije que no entendía por qué necesitaba Dios esto de nuestro hijo, pero que teníamos que decir sí como María. Y comencé a llorar como cuando era niño buscando consuelo en Ella. (Sabed, mis queridos hermanos, que esta aceptación de la voluntad de Dios no es una heroicidad; con el paso del tiempo he llegado a la convicción de que esta confianza en Dios viene de Él porque no nos abandona JAMAS.)

Comprenderéis que fuimos a otra ginecóloga para nueva consulta y desgraciadamente nos corroboró el diagnóstico dado, añadiendo otra angustia: Aparecían unas manchitas en el cerebro que podrían borrarse o convertirse en una hidrocefalia. Esto en un niño con Síndrome de Down, significaba que “podría morir al nacer, tener diversas cardiopatías...o ser un niño adorable y extraordinariamente cariñoso... Pero sufren mucho y sufren sus padres... Sois jóvenes... Podréis tener más niños... Esto no es más que un accidente.” ¿Mi hijo un accidente? Otra vez nos hablaban de abortar.

Al volver a casa, Dios me dio otra palabra: “Antes de haberte formado Yo en el seno materno, te conocía y antes de que nacieses te tenía consagrado” (Jr.1,5). ¡Bendito sea Dios! Nos corroboraba que este niño estaba presente de manera palpable en el Amor de Dios. Nuestras oraciones se hicieron más vivas que nunca, más sinceras y profundas. Sí, aceptábamos la voluntad de Dios con todas sus consecuencias -aunque no entendiéramos nada-, pero estábamos convencidos de que Cristo sana y atiende cada una de nuestras peticiones. Nosotros Le rogábamos que sanase a nuestro hijo.

El 24 de octubre fuimos a Misa de Sanación al Templo de María Reparadora con el padre Jaime Burke O.P., al que Dios bendiga cada día de su vida. Fuimos a verle y le contamos lo que nos ocurría. Humildemente le rogamos que rezara por nosotros y por el niño. “Muy bien”, nos dijo, “pon las manos sobre el vientre de tu esposa”. Nos abrazó y entre otras palabras dijo: “Que en la próxima revisión, los médicos se maravillen de tus prodigios Señor.” Tras aquella oración sentimos muchísima paz.

Hermanos, no dejé en ningún momento de confiar en Dios, pero a veces, dudaba que su Voluntad fuese la de curar a nuestro hijo. Iba caminando por la calle con esa angustia, cuando escuché en mi interior una voz clarísima que me dijo: “Confía en Mi”. El Divino Cristo de la Misericordia me alentaba a dejarle hacer a El. Y comencé a cantar: “Deja que Dios sea Dios, tú sólo adórale...”

Llegó el día de la siguiente prueba, 30 de octubre. Al llegar a la consulta me dijeron que yo no podía pasar. Esperé. Sabía que a esa misma hora varios hermanos estaban orando por nosotros. Yo también me puse a rezar: “Hágase tu voluntad Padre, pero una palabra Tuya, una mirada... Y mi hijo sanará.” Cuando se abrió la puerta, salió mi mujer riéndose y dijo: “Los médicos no se lo explican, pero ha desaparecido el pliegue bucal y las manchas en el cerebro. El niño está perfectamente. Me han hecho una segunda ecografía porque no entendían lo que estaba pasando.” Me eché a llorar, os podéis imaginar, lloraba anta la Grandeza de Dios, ante su Amor derrochado sobre nosotros a borbotones, sobre nuestro hijo...

Dios necesitaba a mi hijo para hacer sus prodigios, para que los médicos se maravillasen, para que brillase su Gloria para que los creyentes le adoremos, para que CONFIEMOS EN EL, para que le demos GRACIAS, para que le cantemos eternamente: “Gloria a Ti por siempre, por siempre, por siempre. Amén. ALELUYA”.

Diego Carvajal

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TESTIMONIO de un médico abortista

            Salvatore Píscopo, ginecólogo italiano de 32 años, decidió trabajar en una clínica abortista cuando terminó su carrera de medicina, porque en el campo del aborto se encontraba trabajo con mucha más facilidad. Empezó a practicar “interrupciones voluntarias del embarazo” en un hospital público. Sin embargo, como él mismo confesaría más tarde, ésta nunca había sido una elección consciente: “Alguien tiene que hacer este trabajo...”, pensaba. Entonces creía que la “interrupción voluntaria del embarazo” era incluso necesaria en algunos casos: “cuando uno se encuentra ante fetos con malformaciones, destinados  a una vida de infelicidad o cuando los problemas económicos crean dificultades insuperables...”.

            Pero un día, hace unos cuatro años, algo alteró su vida: por primera vez tuvo que atender una sala de partos, y oír el primer llanto de un niño que nace, le marcó profundamente y para siempre. Observó la mirada de una madre que veía por primera vez a su niño recién nacido recostado sobre su vientre, después de los esfuerzos del parto, y esa imagen nunca se le borraría. Fue entonces cuando se dio cuenta, archivando informes de abortos, de que había realizado 400 abortos ese año, que, multiplicado por sus cuatro años de ejercicio, equivalía a 1.600 niños... un pueblo entero exterminado.

            A partir de entonces su vida profesional y personal cambió para siempre. Salvatore Píscopo es ahora amante y promotor de la vida; cada nacimiento supone para él una nueva emoción. Además, hace poco ha vivido la felicidad de recibir en este mundo a su hijo pequeño, Eugenio. “Hace dos años supimos que mi mujer esperaba un niño. En ese momento mi concepción de la vida cambió radicalmente. ¿Cómo podría seguir matando a aquellos pequeños seres, si uno de ellos iba a ser mi hijo?”

            Antes, sus colegas de Palermo le llamaban “Herodes”, y en un principio no se podían creer el cambio que se operó en Salvatore. Ahora piensan que es un gran profesional y un modelo para todos: un hombre que tuvo el valor de rectificar y de cambiar de rumbo. “Si practicase otro aborto, no sería capaz de mirar a mi pequeño Eugenio a los ojos”.

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Más Testimonios (ver comentarios)

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Testimonios de las víctimas
(colaboraciones de los lectores)


Mami, cuídame. Mami, quiéreme,
y ayúdame a crecer en tu amor.
Hoy cumplo seis meses, y mi regalo de cumpleaños
son unos ojos azules con los que un día podré ver.
Ya tengo bracitos y una nariz respingona,
y en los pies me han salido eso que llaman deditos
.

Pronto tomaré helados y jugaré con mi osito,
me contarás cuentos y tendré amiguitos.
¿A dónde vamos hoy, mamá?
Tan lejos, en el coche...
¿Porqué te tumbas si es de día,
y te llevan sobre unas ruedas que chirrían.

Puertas que se cierran, gente de verde,
¿te van a hacer daño, mamá?
No te duermas, mamá, no me dejes sólo.
Mamá, tengo miedo, me quiero ir a casa.
Mami, ¿qué pasa? Me dan ganas de llorar.
Corre, mamá, que me quieren matar.

Me arrancan en pedazos... mis piernas, mis brazos,
me parten el corazón.
Adiós mami... mami adiós.
Ya no habrá sol para mí, ni pájaros ni flores ni juegos.
No cantaré canciones ni sentiré la brisa.
Te quiero, mamá,
y espero que tú me quieras también.


CARTA DE UN NIÑO QUE NO NACIÓ

Mamá, aunque tú no quisiste que naciera, yo no puedo dejar de decirte mamá.

Te escribo para explicarte lo feliz que yo estaba desde que empecé a vivir dentro de ti. Yo deseaba nacer para conocerte. Pensaba que algún día sería un niño feliz, ir al colegio, jugar con otros niños, hacerme mayor... Yo creía que cuando se cumplieran los nueve meses, todos en casa se iban a alegrar de verme nacer.  

Pero tú no pensabas igual ¿verdad mamá? y un día, cuando estaba tan contento jugando junto a tu corazón, sentí algo muy extraño que no sabría explicar. Algo que me hizo temblar. Sentí ¡que me quitaban la vida! Yo quise defenderme, mamá, pero no pude. Era tan pequeño y tan débil que no tuve fuerzas ni para quejarme. La muerte criminal me sorprendió cuando yo jugaba contento, dentro de tu vientre, y pensaba en nacer para quererte.

Entonces no comprendí quien me quitaba la vida. Dime tú, mamá, ¿quién podía entrar dentro de ti, donde yo estaba, para matarme? ¿Quién sabía que yo estaba allí tan guardadito? ¿Quién fue, mamá? ¿Dónde estabas tú que no me defendiste?

No sé lo que llegué a pensar... perdóname mamá, pero por un momento pensé que sólo pudiste ser tú. Creí que era un mal pensamiento... ¿cómo podía una madre matar a su hijo, tan chiquito e indefenso? No podía creer que pudiera estorbar tanto un hijo en la casa, cuando no estorban el gato ni el televisor.

Ahora, mamá, ya lo sé todo. Estoy aquí en el Cielo, con otros niños que murieron como yo, y Dios me ha dicho que sí fuiste tú, porque hay madres que matan a sus hijos antes de nacer.

Mamá ¿cómo pudiste matarme? ¿Cómo puede ser esto? ¿Pensabas que ibas a pagar el piso con el dinero que yo te ahorrara? O te avergonzabas de ser mamá o de no darme un papá? Seguro que alguien te aconsejó, y escuchaste su consejo más que a tu corazón.

¿Sabes una cosa, mamá? Ayer estuve hablando con Dios y le pedí que me explicara la verdad de mi muerte. El me abrazó con cariño y me dijo ¡tantas cosas! Las palabras más bonitas y consoladoras que jamás he escuchado. Me dijo también que sólo El es el dueño de la vida y que nadie tiene derecho a quitarla. Por mis ojos corrieron las lágrimas, pero Dios me estrechó contra Su pecho y me dijo tiernamente: "Pequeñito mío, si tú no tienes madre, Yo voy a darte la Mía"... y me enseñó a la Virgen. Ella me ha dado todo el amor que tú me negaste. Ahora tengo una mamá en el Cielo, que se llama María y que es la madre de Jesús.

Mamá, me despido de ti con mucho cariño, pidiéndote que te arrepientas de lo que hiciste conmigo. Confiesa tu pecado y no lo vuelvas a hacer más.

            Te lo pide:  Tu hijo que nunca nació